¿Es la revolución de la inteligencia artificial (IA) diferente a las anteriores revoluciones tecnológicas?

¿Es la revolución de la inteligencia artificial (IA) diferente a las anteriores revoluciones tecnológicas? Si es así, ¿en qué se diferencia? Si vivimos hace décadas en la era de la información, ¿no deberíamos estar mejor preparados para esta nueva revolución que nace y se desenvuelve en un ecosistema digital que ya nos resulta familiar? ¿Qué de cierto hay cuando diferentes medios anuncian que el auge de la IA está creando una burbuja financiera que pronto colapsará con consecuencias graves para la economía mundial?

Revoluciones tecnológicas y capital financiero-Carlota Pérez


En 2002 fue publicado Revoluciones tecnológicas y capital financiero. El libro sigue siendo ampliamente citado en políticas públicas, estudios de innovación y capitalismo digital. Su autora, la científica social Carlota Pérez, propone un modelo descriptivo de cómo se desarrollaban las revoluciones tecnológicas. Cada cincuenta años aproximadamente, la secuencia es la siguiente: revolución tecnológica, burbuja financiera, colapso, época de bonanza, agitación política. Analizaré algunas de sus ideas en relación con la revolución actual que vivimos.

Pero antes, una aclaración por parte de la autora: su propósito «no está dirigido a simplificar la historia o aplicar modelos mecanicistas a su infinita complejidad o a su carácter fundamentalmente impredecible». En cambio, busca un criterio explicativo que permita a países y empresas reconocer el funcionamiento de la próxima revolución tecnológica, aprovechar las oportunidades que se presentarán y prepararse para el violento cambio económico, político y social que vendrá. 

Una revolución tecnológica es «un poderoso y visible conjunto de tecnologías, productos e industrias nuevas y dinámicas, capaces de sacudir los cimientos de la economía y de impulsar una oleada de desarrollo de largo plazo». Factores culturales, hechos políticos e incluso tragedias naturales causan que el desarrollo de estas revoluciones no se propague a la misma velocidad por el planeta. En este sentido, el libro divide a los países en núcleo (aquellos que protagonizan la revolución) y periféricos (aquellos que se adhieren a la revolución).

En los últimos dos siglos hubo cinco grandes revoluciones tecnológicas: la primera, la Revolución Industrial; la segunda, la era del vapor y los ferrocarriles; la tercera, la era del acero, la electricidad y la ingeniería pesada; la cuarta, la era del petróleo, el automóvil y la producción en masa; y la quinta, la era de la informática y las telecomunicaciones. En cada una de estas revoluciones, los países núcleo son fácilmente reconocibles (ver cuadro).

El resto de países se integran posteriormente a la revolución tecnológica, a diferentes ritmos. Lo mismo sucede con la revolución de la IA: más allá de la participación de algunos emprendedores europeos o la intervención ocasional de China, el liderazgo, al igual que en las dos últimas revoluciones, sigue proviniendo de Estados Unidos y de empresas como OpenAI, Google, Meta y Microsoft.

Otra similitud con respecto a revoluciones pasadas es que el haber vivido estas décadas en la era de la información no nos exime del proceso de readaptación que estamos obligados a realizar mientras la sociedad en su conjunto se reestructura. La razón de ello es que cada revolución tecnológica «combina productos e industrias verdaderamente nuevos con otros preexistentes, redefinidos». Por ejemplo: la era de la informática y las telecomunicaciones aprovecha la producción en masa, la electricidad y toda la infraestructura de transporte y comunicaciones construida con materiales como el acero. Lo que sucede es que lo nuevo es tan disruptivo que olvidamos que solo se configura articulándose con innovaciones anteriores y mediante un proceso continuo de mejoras. En síntesis: en las revoluciones anteriores también hubo generaciones formadas bajo una lógica tecnoeconómica heredada de la revolución previa y tuvieron que adaptarse al «nuevo modo de hacer las cosas».

Ahora bien, el hecho de que esta revolución se desenvuelva en un contexto de globalización mayor que el de las revoluciones anteriores puede ser un elemento diferencial. Cuando el software se volvió el producto intangible por excelencia, algunos científicos sociales propusieron que vivíamos en una sociedad postindustrial. Nada más alejado de la realidad: los productos intangibles que dominan el mercado digital conviven con las industrias manufactureras tradicionales y esto continuará siendo así.

Lo que sí es cierto es que hay un ecosistema creado por la revolución informática que contribuye a acelerar la propagación de la IA. Todo el que dispone de un ordenador y acceso a Internet puede aportar creando innovadores productos que, a su vez, generan nuevas necesidades y, por lo tanto, nuevos mercados. Desde quien tiene conocimientos más técnicos y descubre nuevas formas de aplicar la IA en ingeniería, medicina o gestión estadística, hasta quien, mediante prompts, redefine los usos tradicionales de campos como el marketing, la creación cinematográfica o el análisis de datos, todos contribuyen a esta aceleración. Incluso aquellos que solo se limitan a usarla de forma rutinaria, pues cada actividad realizada queda registrada como datos que luego son utilizados por las empresas de los países núcleo para optimizar casi en tiempo real sus productos.

El libro también precisa que no debemos confundir revoluciones separadas con sistemas tecnológicos dentro de una misma revolución. Cita el ejemplo de la revolución informática, que inicia una secuencia explosiva con los chips y el hardware, continúa con el software y  los equipos de telecomunicaciones y culmina con el Internet. ¿Y si la explosión de la IA fuese parte de estos sistemas y, en consecuencia, no fuera una revolución independiente sino parte de la revolución informática, quizá su última fase reconocible?

Cada revolución, explica Pérez, tiene un «atractor» muy visible: el momento de big bang, aquel que simboliza todo el nuevo potencial. Es difícil para los historiadores precisar estos momentos. En el caso de la IA, no obstante, parece claro. Era una tecnología que se venía desarrollando desde hacía décadas, pero el detonante ocurre en 2023 con ChatGPT y sus modelos de lenguaje natural GPT-3.5 y GPT-4. No ocurrió algo similar con internet. Se había inventado en la década de los sesenta del siglo pasado y se comercializó en los noventa, pero no tuvo un atractor evidente

Otra de las ideas en que insiste el libro es que después de un periodo largo de gestación, las revoluciones tecnológicas entran en una fase de despliegue que puede demorarse entre dos y tres décadas. Dado que la autora propone como fecha de inicio de la revolución informática 1971 (año del primer microprocesador de Intel) y que cada ciclo dura aproximadamente cincuenta años, en la actualidad estaríamos viviendo el último lapso de la revolución informática. El problema es que la tesis también afirma que al final de cada revolución hay un proceso de agotamiento de su potencial y en el caso de la revolución informática este no es reconocible de ninguna manera. Es un punto cuestionable, porque el agotamiento del potencial es uno de los gatilladores principales de la siguiente revolución, ya que crea las condiciones propicias para introducir innovaciones radicales. Sin embargo, si no se ha llegado a ese momento de madurez, de saturación del mercado —que en el libro se define como aquel en que «se cosechan los últimos beneficios de la economía de escala»—, ¿estamos realmente ante una nueva revolución o se trata de la primera revolución que no necesita que la anterior alcance su inminente agotamiento para emerger? 

Esto resulta problemático porque, si bien Pérez matiza indicando que la irrupción de una revolución se da cuando la lógica de la anterior todavía es dominante, en el ciclo de vida de las revoluciones tecnológicas describe la última fase como un periodo de meseta, de «constricción del potencial» (véase cuadro).

La prevalencia de la lógica de la revolución anterior ejerce una fuerte resistencia al cambio generalizado cuando germina la nueva revolución. Lo que sucede después es un creciente desajuste estructural entre la economía y la tecnología, por un lado, y el sistema social y regulatorio, por otro. Para aclarar este punto, recurro a la IA, que en un esquema indica que lo que sucede es una desincronización entre el nivel tecnoeconómico (avanza rápido: tecnologías, métodos, costos, productividad), el organizacional (velocidad variable con que las empresas adquieren los nuevos métodos; aquellas que no lo hacen quedan rezagadas o desaparecen), el social (rápida desaparición de empleos tradicionales y urgencia por adquisición de nuevas habilidades) y el institucional (el que avanza más lento: leyes, educación, derecho, fiscalidad). El resultado es desempleo, exclusión, pérdida de identidad profesional y resentimiento político. Si amplios sectores viven este malestar, se produce una crisis de gobernabilidad y todo el sistema político se deslegitima. Simplemente, la sociedad en su conjunto no está preparada para absorber cambios tan vertiginosos.

El hecho de que la IA sea capaz de resolver tareas tan complejas en unos segundos como la que acabo de asignarle es una de las diferencias capitales de esta revolución con respecto a las anteriores. La IA, con sus modelos predictivos, provee una capacidad de resolución de problemas de naturaleza cognitiva en los más diversos campos del conocimiento, con un grado de eficiencia y precisión cada vez mayor, que agudiza la percepción social de amenaza. La globalización también nos permite contagiarnos más rápido de esta incertidumbre: la conectividad ya existe. Además, es un elemento determinante en la difusión casi inmediata de la revolución, así como en la exigencia urgente con que las empresas parecen adaptarse. Si la velocidad de difusión de esta revolución es mayor que la de las anteriores, esto agudizará la crisis estructural con mayor rapidez, pero también empujará más rápidamente la sincronización social e institucional.

En cuanto a la creación de una burbuja financiera, cada revolución ha sido posible gracias a una expansión de inversiones que promovieron su desarrollo, seguida de un estallido especulativo que ha terminado en un colapso y en una aguda crisis. Y si bien la historia no tiene leyes inmutables, los patrones de comportamiento examinados en el libro al menos deberían alertarnos sobre una futura crisis global.

Los ingredientes están presentes: nunca ha sido tan fácil como ahora invertir en la bolsa de valores. Con unos cuantos toques en nuestros móviles y somos dueños de acciones y de cualquier tipo de productos financieros que ni siquiera entendemos (bonos, futuros, oro, etc.), puestos a nuestra disposición para ser consumidos como cualquier nuevo software de moda. Adicionalmente, encuestas hechas a la generación Z (MagnifyMoney, LendingTree) muestran que entre el 69% y 72% cree que será rico. Este optimismo sobre su prosperidad futura es superior al de generaciones anteriores. La IA, igualmente, es ofrecida como la solución a casi todo, incluyendo métodos más precisos de evaluar el mercado y promesas de infalibilidad en la toma de decisiones de inversión. Es un entusiasmo que empieza a generalizarse, el mismo que, según Benjamin Graham —padre de las inversiones en bolsa—, era necesario para conseguir grandes logros en otros ámbitos, pero que en «el mercado de valores conduce de manera prácticamente segura al desastre».

El desastre se traduce en aumento de la pobreza y de la desigualdad. Un desenlace terrible, tras el cual solo entonces llegará el análisis y la reflexión. Por un lado, se buscará la implementación de medidas regulatorias que impidan que ocurra otra debacle. Y por otro, se pretenderá establecer un nuevo sistema regulatorio que permita catalizar con mayor eficiencia una ola de inversiones productivas generadoras de una época de bonanza. La capacidad de los países para adaptar sus leyes e instituciones a estos radicales cambios, así como la flexibilidad de las empresas para adoptar con rapidez la indetenible corriente de innovación transformadora de los métodos de producción antiguos, serán factores decisivos. De ellos dependerá el provecho o el retroceso económico con que cada país enfrente el nuevo paradigma tecnoeconómico.

Pero tal vez la brecha más importante no sea la que esta nueva revolución produzca entre países núcleo y periféricos, entre ricos y pobres, o entre los que incorporen la IA a sus habilidades y los que no, sino la brecha en las capacidades cognitivas de la población. En una distribución normal (Campana de Gauss) existe siempre un valor medio alrededor del cual se concentra la mayor parte de la población; sin embargo, alcanzar y sostener esa posición implicaba históricamente la realización continuada de un conjunto de tareas cognitivas a lo largo de la vida. 

Me refiero a tareas elementales como el análisis crítico, el desarrollo argumentativo en la escritura o la atención prolongada en la resolución de un problema, hoy reemplazadas por unas pocas instrucciones a una IA. Algunos países han tomado medidas como prohibir móviles en los colegios, pues los consideran, además de dispositivos distractivos, el camino fácil para que los estudiantes realicen con IA tareas diarias que son básicas para su desarrollo cognitivo. El hecho de que estos cambios dependan del sector institucional y regulatorio —el más lento en adaptarse a cada revolución— no es una buena señal en el contexto de una revolución que avanza más rápido que las anteriores. No creo, sin embargo, que sea algo que solo afecte al sector estudiantil, sino al conjunto de la población en su totalidad.

Sean las consecuencias de nuestra interacción con la IA positivas o negativas, lo innegable es que estamos ante un cambio cognitivo, uno más profundo que el que ocasionó la revolución informática. ¿Logrará el nuevo promedio de la población aprovechar la IA para no deteriorar su desarrollo cognitivo? ¿Cuáles son las implicaciones políticas de este cambio? ¿Cómo afectarán las relaciones humanas interpersonales? Algo es seguro: no tendremos que esperar mucho tiempo para saberlo, ya que la propia IA nos ayudará con la investigación.

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