El 7 de enero, en París, dos terroristas atacaron la sede de una publicación satírica y asesinaron a doce personas por el solo hecho de ejercer la libertad de expresión mediante caricaturas de Mahoma. De este modo, un derecho que nos permite cuestionar con firmeza dogmas asumidos como absolutos fue manchado, una vez más, con sangre.

Los de Charlie Hebdo creen que la sátira, en su versión más mordaz, es una expresión de ese derecho. Y creen bien. El Papa, sin embargo, no está tan convencido. En una declaración realizada en los días posteriores al atentado, incurría en una contradicción evidente: por un lado, decía: «No se puede ofender, o hacer la guerra, o asesinar en nombre de la propia religión o en nombre de Dios». Y por otro: «Tenemos la obligación de hablar abiertamente, de tener esta libertad, pero sin ofender». ¿En qué quedamos?
El Papa, además, agregó: «Cada religión tiene dignidad; cualquier religión que respete la vida y a la persona, y yo no puedo burlarme. Y este es un límite». No obstante, la perla se la guardó para el final: «Es verdad que no se puede reaccionar violentamente, pero si Gasbarri (un colaborador suyo, gran amigo) dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!».

Mientras los familiares y amigos de los asesinados todavía lloraban a sus seres queridos, y Voltaire y Thomas Paine se revolcaban en sus tumbas, un escalofrío oscurantista recorrió las nucas de quienes ya vislumbraban en Bergoglio a un modernizador.
Cuando un sistema de creencias religiosas o políticas se blinda ante la crítica, la corrupción, la impunidad, el autoritarismo y la violación de los derechos humanos surgen inevitablemente en su seno. El Papa y nosotros sabemos que la historia de la Iglesia católica no está libre de este barro. Y que toda religión puede decir respetar la vida y a la persona y, sin embargo, las acciones de sus adeptos suelen dar muestra de lo contrario.
Por tanto, el titubeo del Papa es vergonzoso; pero no sorprende. No quiero agotar estas pocas líneas en un recuento de herejes y blasfemos pasados por la candela, la tortura, las mazmorras y el ostracismo social. Mejor preguntémonos: ¿en qué lógica cabe que una ofensa contra nuestras madres sea equivalente a una ofensa contra la religión? Y también: ¿en qué página de la Biblia Jesús aconseja responder con un buen uppercut a quien nos ofende? Estoy seguro de que algunos filólogos tendrán interés en esa traducción manejada por el «Vicario de Cristo».
No, una religión no es madre de nadie. Es una creación cultural formada por un conjunto de símbolos y creencias compartidas en un entorno social. Cada quien elige cómo se relaciona con ella: algunos por medio de la fe y otros no; algunos adoptan sus principios para guiar sus vidas y a otros les son indiferentes. Pero, al ser la religión un elemento social, es susceptible de crítica como cualquier otra institución, y esta crítica puede ser blasfema, satírica o de la índole que sea. Es así como funcionan las sociedades democráticas. No entender esto es ignorar uno de los principios fundamentales del laicismo. Y también que los posibles excesos de la libertad de expresión los trazan las leyes, ejecutadas por un poder judicial independiente, y no los puñetazos de alguien ni las balas de un kalashnikov.

Bergoglio también se equivoca al pretender imponer a los creyentes su interpretación personal de la religión. Y digo imponer porque, aunque no sea la intención de estas desafortunadas declaraciones, él es la cabeza de la Iglesia católica y de un Estado y, para algunos, además, alguien que posee la fantasiosa cualidad de la infalibilidad. Declaraciones de este tipo son peligrosas en los tiempos de fundamentalismos religiosos que corren.
¿Que no se puede ofender a la religión ni burlarse de la fe? Cuando la religión salta al escenario público, se puede. ¿Quién decide qué es ofensivo y qué no en esta materia? Habrá algunos blasfemos poco creativos, por lo general excesivamente vulgares y aburridos; pero habrá otros que, con su ingenio e inteligencia, hagan de su burla una crítica certera y reflexiva. Esto le tocará al público decidirlo y no a ningún tribunal inquisitorial, ni a un par de terroristas ni a los puñetazos de un Papa.
(Texto escrito en 2015. Editado en 2025)