Resilientes, empoderados y tóxicos

Resilientes. En nuestros días todos queremos ser resilientes. Compramos libros que nos enseñan el paso a paso de cómo ser resilientes. Miramos videos de psicólogos, psiquiatras y coaches que nos recalcan la importancia de desarrollar resiliencia en cualquier ámbito de la vida. La resiliencia es uno de los grandes descubrimientos de nuestra época, una de aquellas virtudes necesarias para sobrevivir en nuestro tiempo, la diferencia entre el éxito y el fracaso, entre el bienestar mental y el colapso.

Resiliencia también es una palabra de moda más que compramos como un producto nuevo, uno de tantos objetos de consumo a los que nuestra sociedad les pone un envoltorio atractivo para ocultar que, en el fondo, se trata de una obviedad. ¿O es que acaso los seres humanos necesitábamos en el pasado usar la palabra resiliencia para enfrentar la dureza de la vida? Cada quien hacía lo mejor que podía y eso era todo.

Hoy la palabra no falta en las conversaciones y hablar con otros de cómo la usamos en nuestras vidas nos hace sentir en familia. La intercambiamos con la misma complicidad y urgencia de un video de TikTok o un clonazepam. Lo que muestran estas modas por ciertas palabras dice mucho del estado de ánimo de nuestra sociedad, de nuestras necesidades morales, de nuestros miedos y también de nuestra frivolidad.

Tantos años los medios de comunicación ocultándonos la presencia de la muerte en nuestras vidas y nosotros con la mejor predisposición a aceptar esta evasión; tantos años creyendo que la realidad debe ser como nosotros queremos y no como es; tantos años convenciéndonos de que los fracasos son solo para perdedores y no una experiencia más con la que nos encontraremos en algún momento; tantos años persuadiéndonos de que la vida es exclusivamente una sarta de escenas cómicas y placenteras y no también el escenario de pequeñas, y no tan pequeñas, tragedias. Tantos años mintiéndonos que entonces, un día, una palabra surge para dar voz a esa angustia interna y nos promete una guía fácil para resolverla.

Lo que no previmos es que esa luz en la oscuridad pronto nos conduce inevitablemente a la siguiente palabra que necesitábamos sin saberlo y que incorporamos de inmediato: «empoderamiento». Yo me empodero, tú te empoderas, él se empodera, nosotros nos empoderamos, vosotros os empoderáis, ellos se empoderan. Y así entramos en aguas profundas, donde nos preguntamos: ¿hace falta empoderarse para ser resiliente o hay que ser resiliente para lograr empoderarse? El día que el escritor francés Albert Camus dijo, con ese tono tan serio, que solo había una pregunta realmente importante —si la vida valía la pena de ser vivida o no—, definitivamente no se sentía muy empoderado ni resiliente. No conocía los antidepresivos, el pobre.

Quiero que las personas sean todo lo resilientes y empoderadas que quieran ser. Ese no es el tema. Lo que digo es que a menudo las palabras pueden ser usadas para simplificar algo mucho más complejo; son apenas el síntoma y no el diagnóstico completo. Tal vez una de las razones por las que necesitamos estas palabras es que nos hemos vuelto etiquetadores profesionales. En lugar de soluciones, que a menudo necesitan esfuerzos como trabajar en nuestros defectos y miedos o enfrentar nuestros problemas, preferimos etiquetas para nuestros males. Y etiquetamos nuestros males porque estamos habituados a etiquetar los males de los demás. Por etiquetar entiéndase también juzgar, censurar, cancelar.

Hace poco se estrenó una adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas, la obra maestra de la escritora Emily Brontë. No sé si la película es buena o mala porque no la he visto. Pero, mientras revisaba algunos videos que la reseñaban, me di cuenta de que muchos comentarios eran de personas que, a raíz de la película, habían leído el libro, y etiquetaban a sus protagonistas, Heathcliff y Cathy, de «tóxicos», y a la novela de ser la historia de una relación «tóxica». Tóxica, tóxico —habrá que agregar tóxique— son otras palabras de moda. Para cualquiera que haya leído la novela es evidente que la relación entre Heathcliff y Cathy no es la más saludable del mundo, pero ¿eso es todo lo que son: un par de tóxicos? ¿Eso es todo lo que puede decirse de su vínculo? ¿Esa es toda la exploración psicológica sobre el ser humano que ofrece el libro?

Supongo que cuando Cathy dice cosas como: «De lo que sea que están hechas nuestras almas, la suya y la mía son lo mismo», o frases ligeras como: «¡Nelly, yo soy Heathcliff! Siempre, siempre lo tengo presente: no como un placer, como tampoco yo siempre lo soy para mí, sino como mi propio ser», está siendo simplemente «tóxica». Ya que estamos en estas, ¿cómo se le ocurre al tóxico de Romeo suicidarse solo porque piensa que Julieta está muerta? Aparte de tóxico, un dependiente emocional grave. Tóxica es también la novela de García Márquez, El amor en los tiempos del cólera: qué son, si no, un par de tóxicos sus protagonistas: Fermina Daza y Florentino Ariza. Ni qué decir de la relación entre Raskolnikov y Sonia en Crimen y Castigo, por no mencionar al tóxico de Dante Alighieri, enamorándose hasta los huesos de Beatrice Portinari con solo haberla visto dos veces en su vida. 

Así vamos: etiquetando, etiquetándonos. La naturaleza humana reducida a una etiqueta. Recuerdo a aquel personaje de un cuento de Jack London, solo y perdido en la hostil naturaleza del Gran Norte, en Alaska, luchando ya sin fuerzas por sobrevivir: «Una vez lo despertó un débil resuello cerca de la oreja. El lobo saltó débilmente hacia atrás, perdió pie y se derrumbó de debilidad. Era absurdo, pero no le divirtió. Tampoco se asustó. Estaba también demasiado cansado para ello. Pero de momento tenía la mente clara, se quedó tumbado y consideró su situación. El barco ya no estaba a más de cuatro millas. Lo podía ver muy claramente cuando se frotaba los ojos para alejar la neblina, y podía ver la blanca vela de un pequeño barco que surcaba las aguas del resplandeciente mar. Pero nunca podría arrastrarse por esas cuatro millas. Lo sabía, y lo aceptaba con tranquilidad. Sabía que no podía arrastrarse ni media milla. Y aún quería vivir. Sería una locura que muriera después de todo lo que había sufrido. El destino le pedía demasiado. Y, muriéndose, se negó a morir. Quizá fuera pura locura, pero al borde mismo de la muerte desafió a la muerte y se negó a morir».

Supongo que, para no haber conocido la resiliencia, este hombre lo hacía bastante bien. O tal vez era «resiliente» y estaba «empoderado» sin saberlo, y exclusivamente esas dos cualidades —y solo esas dos؅— le ayudaron a sobrevivir. Así como hoy creemos que a nosotros nos ayudan a sobrellevar nuestras vidas en esta época fascinante y desquiciada.

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